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Hace unos días asistí a una película del matrimonio Straub-Huillet sobre Johann Sebastian Bach, programada en la Filmoteca de Navarra, precedida de una presentación. El mundo del cine tiene, habitualmente, cierto toque endogámico; es parte de su encanto, no lo niego. Empero, una cosa es hablar con guiños cinéfilos; otra es dejar al respetable sumido en la perplejidad. Me consta que no es la primera vez.
Hablar en público hoy tiene pocos fundamentos respetados. Un «todas y todos» es imprescindible, un infinitivo para empezar un párrafo, también; la prevención explícita a no quererse enrollar (como una permanente alergia a hacer un discurso) y, en general, no hablar con demasiada propiedad son recursos de una nueva retórica generalmente aceptada, porque no está bien visto ni hilar la urdimbre lógica de una exposición ni buscar las palabras adecuadas. Y como no queremos que nadie piense que nos ha parecido mal, aplaudimos la retórica del colegueo con más miedo que justicia.
Pasada una hora, nos salimos de la sala tres personas. Como miles de músicos, tengo a Bach en el pedestal de la creación y del violín, no hay día que no relea algún pasaje de las sonatas para violín solo; siempre se aprende algo nuevo del genial compositor. Me acompañaba una amiga, violinista también, que comparte una opinión similar sobre Bach. Si no abandonamos la sala antes fue por el pudor de romper el encanto (o la tiranía) del silencio. No se puede hacer con Bach un pestiño más aburrido, plano y enervado. Incluso lo que no dependía de los autores era malo: los subtítulos debían de estar sacados de alguno de esos programas informáticos que traducen automáticamente; no tenían ni pies ni cabeza.
Seguro que la Filmoteca de Navarra pone ilusión y esfuerzo en su labor y que el aquí firmante puede parecer injusto con una proyección cuya entrada sólo costaba tres euros. Pero fijémonos en lo siguiente. La Filmoteca depende del INAAC, entidad pública que todos pagamos. Yo no he logrado saber cuánto nos cuesta. En su página, desde luego, si está no lo he encontrado.
Estamos acostumbrados a no saber qué nos cuestan los servicios públicos y, en lo que toca a cultura, el cuento del traje nuevo del emperador está a la orden del día. Hoy se aplaude todo y se aguanta más. Los tales Straub-Huillet, se ve que consagrados en la historia del cine, hicieron un rollo de los grandes para el que tardaron, si la información que nos dieron no era errónea, más de diez años. Encima.
La cultura necesita de voces críticas y de debates. Bien venido sea que alguien quiera rebatir mi dura crítica sobre los Straub-Huillet. Pero yo creo que hay que animar a salirse de la sala si uno traspasa los límites de la paciencia. Y exigir que le traten con inteligencia. Por higiene mental y porque ahora estamos en plan de ahorro. Y el arte con salvoconducto oficial es un síntoma de decadencia.