Una de esas noticias de las que pasan desapercibidas entre las elecciones Usa, el coronavirus y el escándalo del día, es que según los datos del Padrón Continuo del Instituto Nacional de Estadística (INE), hechos públicos por el Departamento de Políticas Migratorias del Gobierno de Navarra, la población navarra “de origen migrante” creció un 7,62% el pasado año y pasó de 99.013 personas a 106.559, con lo que el número de habitantes de la Comunidad Foral queda en 660.887 personas y los inmigrantes representan el 16,12% de la población total residente en Navarra.
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Como dato llamativo adicional, Navarra creció entre 2019 y 2020 en 6.673 personas, que sin embargo es una cifra inferior al aumento de población de origen migrante, que fue de 7.546 personas.
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Por países de nacimiento, la comunidad más numerosa en Navarra es la de personas nacidas en Marruecos, con un total de 16.032 residentes. Le siguen las personas de Ecuador y Colombia, que suman 14.642 y 10.205 personas, respectivamente. Estas tres comunidades han visto incrementada su población, aunque cabe destacar que el número de personas ecuatorianas ha crecido en apenas un 3,5% respecto a 2019, mientras que el incremento entre marroquíes y colombianas es del 12,6% y del 16,08% respectivamente.
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En el extremo contrario se sitúan las nacionalidades cuya presencia en la Comunidad Foral desciende, si tomamos como referencia 2019. De entre los 33 países con más personas residiendo en Navarra, únicamente pierden población las comunidades portuguesa (69 personas menos) y alemana (13 personas menos). Se mantiene sin variación el número de residentes nacidos en Rumanía y en Estados Unidos. Salvo estos 4 países de nacimiento, todos los demás ven crecer su población de residentes en Navarra.
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Ante una noticia como se esta se hace preciso comentar lo deliberadamente confuso de nuestro título, al decir que “La población navarra migrante creció un 7,62% el año pasado”. Por culpa del lenguaje políticamente correcto, hasta que no se lee entera la noticia, no se puede saber si queríamos decir que había aumentado el número de navarros que se habían marchado fuera o que había aumentado el número de inmigrantes. Con la tontería de no poder decir emigrantes e inmigrantes, tendremos que acabar incurriendo en la tontería de tener que distinguir entre migrantes que vienen y migrantes que van.
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Finalmente en este asunto de la inmigración también cabe preguntarse si, mediante la manipulación del lenguaje, no se nos está hurtando una buena parte del debate. ¿Es buena o mala la inmigración? Estamos casi seguros de que no se puede decir objetivamente que la inmigración es mala o buena, sino que depende. Si vinieran un millón de inmigrantes a Navarra de golpe, ¿sería bueno? Si vinieran 50 millones, ¿sería buenísimo? ¿Sería bueno incluso para los inmigrantes que ya viven aquí? ¿Daría lo mismo que fueran ingenieros o médicos que analfabetos o yihadistas? ¿Tendría la llegada de toda esa mano de obra a un país con más del 10% de paro un efecto a la baja sobre los salarios, especialmente los menos cualificados? ¿Tenemos capacidad de asimilar un número ilimitado de inmigrantes o deberíamos aceptar sólo tantos como podamos integrar? ¿Es asimismo irrelevante que todos esos inmigrantes sepan español o tengan cultura cristiana-occidental? Los que no vienen a aportar nada positivo o directamente se dedican al mal, ¿los podemos devolver? ¿Tienen a su vez los inmigrantes algún deber respecto a la cultura o las costumbres, no digamos las leyes, del país que les acoge? Hasta los medicamentos tienen efectos adversos, decir lo cual no significa estar en contra de los medicamentos, ¿es la inmigración la única cosa en el mundo que no tiene efectos adversos? Si no da todo lo mismo, ¿podemos no diferenciar? ¿Tenemos derecho a diferenciar? ¿A pensar la cuestión? Si no podemos ya ni decir “inmigrantes”, seguramente es que no.
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