Trump aguanta a Biden, los Black Lives Matter, los millonarios progres, los antifas, las encuestas y el discurso dominante

Ayer antes de la cita con las urnas los comercios de todas las grandes ciudades de los EEUU tenían las lunas de los cristales tapadas por si ganaba Trump y se desataba una oleada de violencia ultraizquierdista contra la aceptación del resultado electoral. Eso lo dice todo. La foto de esos escaparates protegidos con planchas es el mejor análisis electoral. Esos escaparates muestran la clase de enemigo totalitario al que se enfrentaba Trump. Por eso mismo, tras meses de violencia desatada de la extrema izquierda, el resultado más probable a estas alturas del recuento es que ha ganado Trump: la gente ha votado libertad.

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Por esto mismo que Trump ganara era un imperativo moral. Si ganaban los que habían desatado una oleada de violencia para ganar las elecciones, la estrategia violencia quedaba legitimada por los resultados. La terrible moraleja de cara al futuro que hubiera extraído la izquierda es que la violencia le funcionaba. Por supuesto el pueblo estadounidense se ha movilizado para defender la libertad y en contra de la violencia. Se puede discutir a Trump como personaje, pero no se puede discutir el horror en que se había convertido la alternativa a Trump. El mundo alternativo en que gana Biden de la mano de los “antifa” es tenebroso; en buena medida, por supuesto, es eso lo que le habría dado la victoria a Trump.

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Que ganara Trump era necesario, pero no suficiente. Había que dar voz a la América no representada en los medios, pero por lo que nos toca también hay  que dar voz a la España no representada en las televisiones, no representada en las películas, no representada en las series, no representada en los concursos literarios, no representada en los conciertos, no representada en los periódicos. Se habría ganado otra vez pese a tener todo en contra, pero no siempre será así. La batalla no se puede ganar siempre con tirachinas frente a misiles. Hace falta una mayoría social para ganar unas elecciones, pero para tener y mantener una mayoría social hace falta tener una mayoría mediática. Es difícil que una mayoría social resista una mayoría mediática indefinidamente. El equilibrio acabará restaurándose o bien reflejando los medios esa mayoría social o bien reflejando la sociedad esa mayoría mediática. El problema es tanto más grave cuanto que no hablamos ya de una mayoría mediática, sino de una casi unanimidad mediática. Necesitamos medios que den voz a las personas que no participan del discurso dominante no ya sólo para poder combatir en una cierta igualdad de condiciones a ese discurso dominante, sino también para poder tener un poco de contraste en la información y conocer siquiera un poco la realidad.

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Si ha ganado Trump, ¿hay algo alguna vez en los grandes medios que sea verdad?

Todas las encuestas, todas las portadas, todas la crónicas, todas las entrevistas a expertos y reputados analistas, todas las corresponsalías… era todo mentira. Sin duda es otra de las conclusiones evidentes de la jornada electoral. La realidad, como hoy a vuelto a quedar demostrado de una forma flagrante, no tiene nada que ver con lo que describen los medios. Ni los medios ni sus supuestos instrumentos sociométricos, como las encuestas. Todo es manipulación. Todo es mentira. Para conocer la realidad, los medios han demostrado ser absolutamente inútiles. Casi es contraproducente seguir los medios para saber lo que sucede. No nos cuentan la realidad, nos cuentan sólo lo que creen que puede convencernos para que pensemos como ellos. Su trabajo ya no es reflejar la realidad, sino tratar de configurarla. Lo que se ha demostrado hoy es que todo lo que dicen los medios, y podemos hablar muy en general, es totalmente mentira. No un poco mentira. No a veces. Sino todo mentira y todos los días.

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El caso de Trump resulta particularmente significativo porque ha existido una unanimidad casi absoluta diciéndonos que el descontento popular con Trump era generalizado, que Trump lo había hecho todo tan mal que no le iban a votar ni sus hijos, que todo el mundo adoraba a Kamala, que Biden iba a ganar por aclamación, que casi no merecía la pena convocar las elecciones y contar los votos porque la victoria demócrata estaba cantada de antemano. Menos mal que todavía hay que tomarse la molestia de votar por si acaso y comprobar si la realidad es como la pintan los medios. Hoy se demuestra que todo lo que nos decían que era blanco resulta que es negro, y todo lo que nos decían que era negro es blanco. El periodismo está muerto.

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