Buscan cubrir una satisfacción personal; luchando tras una, supuesta » Justa causa». Algo que les saque de su tediosa y anónima vida de pijo, sin perentorias necesidades y les catapulte a un protagonismo y a un liderazgo entre sus masas de correligionarios y simpatizantes, más mansos. También, cómo no, abonar terreno de líder, del que poder beneficiarse. Y, mientras tanto, sumergen la sociedad de su entorno en una oscuridad con visos de crónica. Esa misma sociedad de la que, generalmente, se surten, maman y parasitan.
Miren, sino, hacia el País Vasco y sus últimos 50 años; noticias constantes de muerte y violencia, con la que cientos de jóvenes convivían a diario y se ungían orgullosos protagonistas y «Héroes del pueblo». Algo que hundió la economía del mismo país que pretendían defender y la de sus ciudades, irremisiblemente y durante anos. Ciudades como San Sebastián que, tras la violencia terrorista, está retomando su liderazgo de ciudad líder en turismo de calidad en España. Todo tras los angustiosos años vividos de ruinas y huidas de sus habitantes.
El hundimiento turístico fue monumental y duro décadas. Años continuados de de presión de sus habitantes que miraban con nostalgia al, cada vez más lejano, pasado en el que San Sebastián se considero «La Perla del Norte». Ni siquiera la construcción de una autovía que saco a Donostia de su enclaustramiento geográfico, e hizo entrar en razones al esas masa destructivas de revolucionarios que, fuera de toda lógica humana, atacaban el proyecto y a sus trabajadores.
Por cierto, que son cuestiones estas que, aun siendo tremendamente claras, están soterradas por un nacionalismo imperante; ahora más pacífico y muy interesado en que se olvide el infierno vivido en los más de 2.300 actos terroristas documentados; a las víctimas asesinadas y a sus verdugos.
Pero la historia se muestra machacona y real. Muy poco fue lo conseguido por los terroristas, en sus absurdos fines. Mucho fue el sufrimiento que generó en toda España. Tanto, que estaría por determinar el enorme daño a nivel humano y económico que esta lucha supuso para el País Vasco y para toda España. Y, porque no, exigir más responsabilidades a aquellos que la ejecutaron y a quienes les apoyaron claramente.
Si la buena gente de Cataluña y la de Barcelona no quieren entrar en una dinámica destructiva como la aquí descrita, más vale que tomen el control y deslegitimen a estos «Rebú-pijos» de una vez, antes de que sus nefastas actuaciones se hagan crónicas y sin un remedio, a corto plazo.